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24 abril 2009

PROYECTO DE CONSTITUCION FEDERAL DEL ESTADO ASTURIANO

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Apenas hace unas horas se presentaba en la Junta del Principado de Asturias un libro que trata del Proyecto de Constitución Federal del Estado Asturiano que impulsaron en 1888 los Republicanos Federales asturianos que acaudillaba el médico gijonés Eladio Carreño.
recojo la reseña del periódico en que colaboro La Nueva España que hace una crónica de la presentación del libro que tiene un Estudio Preliminar de una de las promesas más brillantes de la historiografía asturiana: Sergio Sánchez Collantes.

El historiador Sergio Sánchez reedita un proyecto de constitución federal asturiana de 1883


En la mesa, por la izquierda, Justo Vilabrille, concejal de Cultura de Gijón; María Jesús Álvarez, presidenta de la Junta General del Principado, y Sergio Sánchez Collantes, durante la presentación del libro en el Parlamento asturiano.
Oviedo, M. PALICIO  (LNE)
La Junta General del Principado y el Ayuntamiento de Gijón celebraron ayer el Día del Libro sacando a la luz uno muy singular. Es una reedición que llega a los 125 años de la original, que se presenta corregida, aumentada y estudiada. Se trata del «Proyecto de Constitución Federal del Estado Asturiano» elaborado por republicanos federalistas asturianos en torno a 1883. 

Editado conjuntamente por la Junta y el ayuntamiento de Gijón, el libro es el resultado del hallazgo «milagroso» del historiador Sergio Sánchez Collantes, que dio con el texto en Argentina y firma el estudio preliminar y el análisis incluidos en el volumen. 

Aquel proyecto, redactado por el médico y ex alcalde de Gijón, Eladio Carreño, y otros insignes republicanos asturianos, se concibió en paralelo a los elaborados en otras regiones. Querían ser impulsos democratizadores y de demanda del reconocimiento de derechos en una época en la que la defensa de la democracia, dice Collantes en el libro, «comportaba muchos riesgos y no pocos disgustos». El documento, según la valoración que ayer hizo el historiador, «tiene un trasfondo que le da valor, y es que siguió un proceso lo hace único». El proyecto, recuerda el investigador, fue aprobado en 1883 por la asamblea federal regional, convocada por el Partido Federal de Asturias, y por la nacional 1888, por lo que «lleva el refrendo de cientos de asturianos y miles de españoles».

Respecto a su contenido, Collantes aclara que «no es un texto separatista» y que su estela llega hasta la actualidad a través del reconocimiento de derechos toda índole, desde la libertad de expresión a la de conciencia, la separación de la Iglesia y el Estado o el entonces innovador sistema de tributación progresiva.

Pues bien, traigo a colación este texto,  y de este libro unos enlaces que no hace mucho publicaba en este mismo pizarrón, textos inéditos de mi autoría, en los que trabajo sobre las comitivas que participaron en el Pacto Federal Astur Galaico , y que pueden ser un modesto complemento a este trabajo de Sergio Sánchez Collantes, sin que por ello quiera quitarle todo su protagonismo, pero como parece que hay quienes quieren hurtar ciertas membresias como comentaba no hace mucho Pedro Vila en Carafueyu, pues expongo aquí la perspectiva masónica.
Por otra parte,  tal autor (Sergio Sánchez Collantes) publicaba hoy día 24  en la prensa local gijonesa (EL Comercio) un artículo sobre el citado Proyecto de Constitución Federal  que también les reproduzco para su conocimiento.

E L 29 de abril de 1883, hacia las cuatro de la tarde, un grupo de republicanos federales entraron en un local de la gijonesa plaza de San Miguel. Eran pocos pero representaban muchas voluntades, ya que se trataba de los delegados que habían elegido, por sufragio universal, cientos de federales varones de un buen número de concejos. En ese lugar se celebró una histórica reunión del Partido Federal Asturiano, cuya meta fue validar un borrador titulado 'Proyecto de bases de Constitución regional asturiana'. Su autor era el médico Eladio Carreño, alcalde de la villa durante la breve República de 1873 y a quien, según estimó Pepín de Pría hace más de un siglo, le debían «Gijón y toda Asturias las primeras semillas de libertad». A lo largo de ocho jornadas, esos representantes leyeron y discutieron el borrador constitucional, que fue aprobado el 6 de mayo de 1883 tras introducir leves modificaciones. En una última reunión, cerca de 800 personas abarrotaron el teatro Jovellanos, que se ubicaba donde hoy se alza la biblioteca del mismo nombre.

Lo que sucedía en Asturias formaba parte de un singular proceso constituyente impulsado por el Partido Federal en las regiones españolas. Se trataba de que todas ellas ultimaran sus respectivos proyectos constitucionales y eligieran a sus representantes para una asamblea nacional del partido, con el objeto de que tales borradores fueran discutidos y aprobados en ella. De este modo, el federalismo español no sólo otorgaba una pátina jurídica a sus propuestas democráticas alternativas, sino que tal experimento vivificaba las ilusiones de la militancia y, además, podía servir de legalidad interina en el caso de que se volviera a proclamar la República, hasta que se reunieran unas Cortes Constituyentes tras unas elecciones. Esa trascendental asamblea que congregó a los representantes de las provincias, se celebró en Madrid en el otoño de 1888.

El borrador llegado desde Asturias, considerado «digno de todo encomio» y «modelo de método y de claridad», fue aprobado sin variación ninguna en la sesión del 9 de octubre.

A lo largo de sus 92 artículos, estructurados en 18 títulos, el 'Proyecto' recoge buena parte de las aspiraciones del federalismo asturiano, mientras que otras cuestiones se postergaron, estimando que debían ser objeto de legislación en su día y no materia de ordenamiento constitucional. El título I principia declarando que «el Estado soberano de Asturias quiere formar parte integrante de la Federación española» (art. 1), proclama la soberanía popular (art. 2) y establece como forma de gobierno una República democrática federativa con capital en Oviedo (arts. 4 y 5). Los títulos II y III contemplan los derechos individuales, políticos y sociales. Los primeros se consideran «anteriores y superiores a toda legislación, por ser inherentes a la naturaleza humana», o sea, que no pueden ser limitados ni mermados. 

Entre ellos sobresalen las libertades de pensamiento, de cátedra, de prensa y de conciencia para profesar la religión que se desee -en la época, la del Estado era la católica- sin que nadie pueda ser obligado «a asistir, erigir ni sostener un culto religioso» (arts. 6, 11 y 14); los derechos de reunión y asociación pacíficas (art. 6); la abolición de la pena de muerte, la justicia gratuita, las debidas garantías procesales en caso de detención y el juicio por jurado (arts. 7, 8 y 10); la igualdad de todos los asturianos ante la ley, «sin privilegio alguno de lugar, de nacimiento, de riqueza ni de familia», por lo que «no se reconocen títulos de nobleza» ni «honores hereditarios» (art. 9); en fin, la inviolabilidad del domicilio, de la correspondencia y de «la propiedad legítima» salvo en «los casos de utilidad pública» y previa indemnización (arts. 12 y 13).

En lo que respecta a los derechos llamados «políticos y sociales», se prevé que los asturianos contribuyan a las cargas del Estado «proporcionalmente a sus riquezas» (art. 23) y la obligatoriedad de «defender la patria» en caso de guerra se impone a todos (art. 20), pero la fuerza militar sostenida por Asturias está «constituida por voluntarios» (art. 72). Se introducía con ello un principio de justa igualdad en dos ámbitos caracterizados por hirientes discriminaciones: baste señalar que los adinerados podían eludir el servicio militar pagando la «redención». 

También se contempla el derecho de voto para los asturianos mayores de 20 años, que pueden igualmente ser elegibles desde los 25; ello en un momento de sufragio censitario, o sea, que sólo votaba quien tenía un cierto nivel de renta. Ahora bien, no se explicita que las mujeres sean beneficiarias de tal derecho, a pesar de que en las elecciones de 1869 ya se las había visto por las calles gijonesas repartiendo y publicitando la candidatura federal. Juicios extemporáneos aparte, debe señalarse que varias constituciones regionales -la gallega, sin ir más lejos- sí previeron el sufragio femenino, lo que hace del texto asturiano un proyecto comparativamente moderado, por muy progresivo que resultara en la España de 1883.

Buena parte del 'Proyecto' se consagra a delimitar las esferas de actuación de los tres poderes: el legislativo, el ejecutivo y el judicial, rigurosamente separados y declarados «electivos, amovibles y responsables» (títulos IV al XI, artículos 27 al 65). Se establece un sistema bicameral, según el cual «el pueblo asturiano delega el poder legislativo» en la Diputación Asturiana y el Concejo Federal, siendo la primera elegida por sufragio universal directo, como representante de la voluntad general, y el segundo por los municipios y distritos judiciales, como garante particularmente de sus autonomías. Esos dos cuerpos legislativos, reunidos cuando la ley prevea, forman la Junta Suprema Asturiana. El poder ejecutivo lo desempeña la llamada Comisión Ejecutiva Permanente, integrada por cinco individuos, y su presidente lo es también del Estado. Finalmente, se contempla que el poder judicial sea ejercido por los jueces municipales, los tribunales de distrito, los jurados y el Tribunal de Justicia del Estado.

L os títulos siguientes abordan la enseñanza, la fuerza pública, los impuestos y la beneficencia. Descuella singularmente el primero, que consagra la gratuidad, obligatoriedad y laicidad de la instrucción elemental para «todos los habitantes de ambos sexos» (arts. 66 y 67), así como el derecho de las mujeres a ingresar en la universidad (art. 70), un logro crucial, habida cuenta de las escasas novedades operadas en dicho ámbito desde que Concepción Arenal necesitó travestirse para entrar en las clases de la madrileña. En el proyecto regenerador del federalismo, pues, era vital democratizar el acceso a la enseñanza y la cultura. Finalmente, los últimos títulos se dedican a la revisión constitucional; las disposiciones generales y transitorias, y las delegaciones al poder nacional, es decir, al «Pacto de los Estados Nacionales» o «Estado Federal de la Nación Española» (aduanas, puertos, navegación, canales, minas, montes, correos, telégrafos, ferrocarriles, sanidad, enseñanza superior, tratados de comercio, relaciones diplomáticas, fabricación de moneda y algunas otras prerrogativas).

Tras editarse la Constitución, el periodista republicano gijonés Pedro Pitiot se hizo con un ejemplar, al igual que tantos asturianos. Un siglo largo después, cuando todos ellos habían desaparecido y nadie se acordaba ya ni de la existencia del preciado documento, ha reaparecido en Argentina, en manos de un nieto de Pedro que hubiera nacido en España si su abuelo no hubiera tenido que emigrar -mucho antes de la guerra- a causa de las ideas que sostenía. Vivero de mentes inquietas y adelantadas, en el federalismo asturiano bulleron ideas y valores que, andando el tiempo, han devenido principios tan glorificados como huecos y faltos, además, de virtualidad rotunda.

Sergio Sánchez Collantes

29 mayo 2007

Rosario Acuña: librepensadora republicana


El pasado 5 de mayo se cumplieron 84 años del fallecimiento de Rosario de Acuña, ocurrido en 1923 en Gijón, donde residió los últimos años de su vida afectada por una pertinaz ceguera. Todavía hoy puede visitarse su tumba en el cementerio del Sucu, en Ceares. En el Gijón actual, Rosario de Acuña da nombre a un paseo, a una logia masónica (bajos los auspicios del GODF) , a una Escuela Taller y al Instituto de Educación Secundaria donde estudió el que suscribe, además de al Premio de Investigación que convoca el citado centro. Demasiado poco, no obstante, para honrar la memoria de esta luchadora adelantada a su tiempo, considerando los honores que algunas nomenclaturas de la ciudad rinden a ciertos personajes de talla escueta y merecimientos más que discutibles; demasiado poco para que los gijoneses y gijonesas de a pie sepan quién fue esta mujer de bandera; demasiada obstinación en magnificar la actual democracia al elevado precio de silenciar los desvelos de los esforzados pioneros que ya en el siglo XIX defendieron los más elementales fundamentos del Estado democrático de derecho, desvelos dignos de mayor encomio en el caso de mujeres que, como Rosario, corrieron más riesgos por implicarse en la propaganda de esos ideales que los varones que hacían lo mismo por aquel entonces.

Doña Rosario, que antes de cumplir la treintena suscribió un artículo literario en EL COMERCIO en el que todavía empleaba su apellido de casada (lo hizo el 27 de octubre de 1880, firmando como Acuña de Laiglesia), fue demócrata cuando serlo no estaba de moda; fue librepensadora cuando quien disentía del pensamiento oficial era despiadadamente hostigado; fue masona cuando, contra todas las patrañas difundidas desde los portavoces del ultramontanismo, en las logias se trabajaba por la modernización, el progreso y la regeneración del país, mediante el fomento de valores que, aún hoy, son tenidos en alta estima por cualquier demócrata que se precie; fue defensora de los sectores obreros y desfavorecidos cuando con su miseria se engrasaba el despegue industrial; y fue feminista cuando el feminismo era en España un movimiento en pañales.

Además de todo eso, también fue republicana, algo que parece olvidarse con demasiada frecuencia, quizá porque, pese a frecuentar los círculos de sociabilidad democrática (ateneos, círculos, casinos ), no abundan demasiado las declaraciones en las que Acuña explicita sus simpatías por el republicanismo. Esto debiera ponerse en conexión con los colosales peligros y obstáculos que por lo general tuvieron que afrontar las mujeres que hicieron pública su predilección por este ideario. Ejemplo harto elocuente de ello es el de Ángeles López de Ayala, una popular republicana que por sus ideas contra el catolicismo y la monarquía sufrió persecuciones, estuvo tres veces en prisión, vio cómo le prendían fuego a su casa de Santander, fue encausada en siete procesos y llegó a ser agredida a tiros. La propia Rosario de Acuña, que tampoco se libró de las arbitrariedades de una justicia implacable con las heterodoxias, durante una visita que realizó a Luarca en 1887, fue amenazada de muerte para que pusiera fin a «su propaganda de hereje». Sea como fuere, es perfectamente posible localizar algunos testimonios e indicios lo suficientemente ilustrativos acerca de su republicanismo.

En un artículo titulado «A las mujeres del siglo XIX» y publicado en 1887 en el periódico Las Dominicales del Libre Pensamiento, Rosario de Acuña, con intención de abrirles los ojos a «sus hermanas», cuestionaba los tradicionales roles de género al recordarles a aquellas mujeres decimonónicas, entonces subordinadas al marido -o al padre-, relegadas al espacio doméstico y carentes de plenos derechos civiles y políticos, que «el amor sexual no era su único destino», y que «antes de ser hijas, esposas y madres, eran criaturas racionales» que lo mismo podían «criar hijos que educar pueblos». Lo interesante en el tema que nos ocupa es que en ese artículo Rosario asociaba las libertades, la regeneración del país y la emancipación de la mujer a la República, y hacía una llamada a sus congéneres para que defendieran ese régimen político; por añadidura, el que esa llamada la realizara una mujer la convertía en un reclamo mucho más atractivo, como hizo notar en cierta ocasión una lectora del semanario, que envió una de las muchísimas felicitaciones que desde toda España recibiría por sus escritos la carismática librepensadora: «usted es mujer, y como mujer, habla más a nuestras recónditas fibras, despierta con más suavidad nuestras íntimas aspiraciones».

No es casual que el semanario Las Dominicales, a cuya causa se había adherido Rosario públicamente en 1885 mediante el envío de una carta, repitiera hasta la saciedad en sus editoriales que había venido al estadio de la prensa a defender la República y el librepensamiento, y que estos dos términos eran a su juicio sinónimos, gemelos y equivalentes. Pero, además, tampoco son casuales los numerosos testimonios en los que se aprecia cómo los propios republicanos veían en Acuña una correligionaria. No hay más que repasar las cartas que los lectores enviaban a los periódicos antimonárquicos, porque en ellas, mientras unos se congratulaban de que Rosario se contara «dentro de la gran familia republicana y librepensadora», otros se felicitaban de que «a sus laureles de escritora hubiese añadido los de defensora del librepensamiento y de la República», por no hablar de los que terminaban dando vivas a la República y saludándola a ella y a otras combatientes por la libertad, como Belén Sárraga, Amalia Carvia o la citada López de Ayala. Incluso los periódicos monárquicos colgaron a doña Rosario la etiqueta de republicana; a veces sutilmente, como cuando desde el conservador La Época se le espetó que le sentaba «detestablemente el gorro colorado», en clara alusión al gorro frigio, símbolo por excelencia del republicanismo tomado de la Francia revolucionaria.

Debieran traerse a colación, asimismo, los elogios que la propia Acuña dirigió a muchos de los más conspicuos líderes republicanos de la época, incluidos algunos de los que aspiraban a traer la República mediante una insurrección militar, pues una vez se refirió al cabecilla de la última sublevación orquestada por la Asociación Republicana Militar, Manuel Villacampa, como un «héroe a quien la historia inmortalizará». Su postura en este punto, como la de otros republicanos, no mermaba un ápice el espíritu democrático que la animaba: recuérdese que un golpe militar, el de Pavía, había puesto de hecho fin a la República de 1873, y que otro, el de Martínez Campos, había devuelto el trono a los Borbones, restaurando la monarquía en la figura de Alfonso XII; para los republicanos, en suma, la soberanía nacional había sido burlada. En todo caso, el librepensamiento republicano de Acuña -o, si se quiere, su libre republicanismo- se desvinculó de todo partido o escuela, y de ahí que llegara a afirmar: «Ni soy socialista, ni anarquista, ni republicana, en el sentido "redilesco" de esas adjetivaciones; nada que huela a dogma, imposición y enchiramiento». Su republicanismo fue, pues, no redilesco; independiente, por así decir.

Pero, aparte del hecho de preferir la República a la Monarquía, ¿qué implicaba que Rosario de Acuña fuese republicana? Pues, a grandes rasgos, implicaba -entre otras cosas- defender las libertades y los derechos más irrenunciables del ser humano (libertad de expresión, libertad de imprenta, libertad de cultos, derecho de reunión y asociación, sufragio, etcétera); apostar por la universalización y gratuidad de la enseñanza y la cultura; combatir los privilegios y la intransigencia de la Iglesia católica en nombre de la libertad y el racionalismo; oponerse a la esclavitud y a la pena de muerte; luchar por la gradual emancipación de la mujer, comenzando por estimular su acceso a la instrucción y dilatar su campo de actuación más allá de los muros del hogar; pugnar por la progresiva mejora de la condición de las clases obreras, empezando por la reducción de la jornada laboral y el incremento de los salarios implicaba, en pocas palabras, democratizar la sociedad española y modernizar el país para sacarlo del secular y penoso atraso en que se hallaba sumido.

Artículo publicado en Diario El Comercio 29 de Mayo 2007

SERGIO SÁNCHEZ COLLANTES

/INVESTIGADOR EN EL DEPARTAMENTO DE HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO

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