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25 noviembre 2007

José Díaz Fernández escritor y franc-masón(II)


El impacto causado por El blocao entre los lectores fue notable. El libro abre una nueva frontera literaria, supone la inauguración de un movimiento que buscaba superar el escepticismo al que se había entregado la vanguardia.

Este movimiento, denominado por el mismo Díaz Fernández "literatura avanzada" o "nuevo romanticismo", corre paralelo a la línea política de su pensamiento, aunque no reviste el carácter de la típica literatura proselitista.

Sin embargo, la ideología política de Díaz Fernández insufla a esta literatura una preocupación por el hombre, al que sitúa en la realidad de cada momento. El protagonista que inspira los relatos de El blocao no es un héroe ni un antihéroe; en palabras de hoy, podíamos decir que es un perdedor, tal y como lo fue a la postre el propio Díaz Fernández.

Estas características, junto con las propiamente estilísticas, tan lejos de sus primeros arrebatos líricos, el dinamismo que encierra, la realidad cotidiana que refleja, su esquematismo cinematográfico, de verdadero reportaje, parecido al estilo de Hemingway (que precisamente en 1929 Publica su Adiós a las armas), aunque el carácter de los contenidos violentos del escritor norteamericano difiere totalmente del de Díaz Fernández, impregnado de una preocupación humanista, colocan a la obra en una de las cimas de la literatura de la época.

Curiosamente, Díaz Fernández no trae a El blocao la figura del marroquí, ni se ocupa de su mundo, de sus problemas bajo la colonización española. Cabría preguntarse por la razón de esta ausencia en la obra de Díaz Fernández.

La cosecha de críticas favorables a El blocao fue abundante y de variada procedencia: Astrana Marín, Benjamín Jarnés, José del Río Sanz, Luis Calvo, Zugazagoitia, Fernández-Arias Campoamor, Constantino Suárez, Camilo Barcia, Giménez Caballero, Pérez de Ayala...

El movimiento literario del que El blocao fue precursor dio nombre a una generación, conocida como "la otra generación del 27", de la que formaron parte, entre otros: Alvarez del Yayo, Juan Andrade, Wenceslao Roces, Ramón Sender, Muñoz Arconada, Joaquín Arderius...
La campaña de prensa que a través de diversas publicaciones Díaz Fernández venía desarrollando contra la dictadura de Primo de Rivera le lleva, en aquella época, a ser detenido y encarcelado, marchando después a Portugal.

En 1929 participa en la creación del Partido Radical- Socialista, junto con Marcelino Domingo, Alvaro de Albornoz, Gordón Ordás, Benito Artigas Arpón, Angel Galarza Gago...
Al igual que todos ellos, Díaz Fernández ingresa en la Masonería, en el seno del Gran Oriente Español, del que era Gran Maestre, Diego Martínez Barrio, del Partido Radical de Lerroux.

Al año siguiente, Díaz Fernández publica su segunda novela, La venus mecánica, escrita, en parte, en el exilio lisboeta, en la que refleja su propio dilema: el intelectual que se muestra incapaz de vivir la revolución que preconizaba, y el libro de crítica literaria El nuevo romanticismo. Polémica de arte, política y literatura, donde enuncia los principios. de la nueva "literatura de avanzada" o "nuevo romanticismo", como gustaba llamarle a aquel movimiento.

En 1930 funda, con Antonio Espina y Joaquín Arderius, la revista política Nueva España, que polemiza con La Gaceta Literaria que dirigía Ernesto Giménez Caballero. Curiosamente y a pesar del éxito de su lanzamiento la revista desaparecerá con la llegada de la República. La trepidante actividad periodística y editorial de Díaz Fernández le lleva, en 1931, a colaborar en el lanzamiento de las revistas Crisol y Luz, y a publicar el relato La largueza, dentro del libro Las siete virtudes capitales, en el que, Gómez de la Serna, V. Andrés Alvarez, B. Jarnés, C. Arconada... tratan el resto de las virtudes.

En el curso del mismo año publica, también, junto con J. Arderius, la Vida de Fermín Galán, biografía del militar que se había sublevado en Jaca y que luego fue ejecutado, y el prólogo al libro de Alejandro Gaos Sauces imaginarios. En esta época, Díaz Fernández decide entregarse plenamente a la vida política. Y de esta manera se presenta como candidato de! Partido Radical-Socialista a las elecciones a Diputados a Cortes Constituyentes, que se celebran el 28 de junio de 1931.

En plena campaña electoral, Díaz Fernández, junto con Leopoldo Alas, ambos antiguos reformistas, revientan tumultuariamente el mitin de Melquiades AIvarez en el teatro Campoamor de Oviedo, en una acción que marca el inicio de los ataques de la izquierda contra el tribuno asturiano.
En las urnas, Díaz Fernández es elegido en el distrito de Oviedo por 76.952 votos, de los 119.244 emitidos, sin que el acta recoja ninguna protesta ni reclamación. Designado Marcelino Domingo ministro de Instrucción Pública, en el gobierno Azaña, Díaz Fernández es nombrado Secretario Político del ministro. La labor de la República durante su primer bienio, en el terreno de la educación, fue ingente, sobre todo teniendo en cuenta el abandono en el que se la había tenido durante decenios.

No fueron muy numerosas las actuaciones de Díaz Fernández en el Congreso de los Diputados. Quizá las más destacadas tuvieron lugar con motivo de la discusión sobre la libertad de enseñanza y en concreto de la enseñanza religiosa, en el curso de la cual Díaz Fernández, muy en el calor político y social anticatólico de la época y como ferviente defensor de la "escuela única", llegó a decir desde su escaño, el 20 de octubre de 1931: "Por otra parte, yo dudaría mucho en autorizar la libertad religiosa desde una legislación del siglo XX", en una reacción al poder temporal de la Iglesia de aquellos tiempos. En su contestación, Valera Aparicio, en nombre de la Comisión, tiene que aleccionar a Díaz Fernández sobre el significado de la libertad de pensamiento y de creencias, palabras que el diputado asturiano acoge con reconocimiento, viendo rechazada su enmienda. A este respecto debemos apuntar el mar de contradicciones en que se movían los radical-socialistas, como, por ejemplo, ocurrió cuando el Partido se negó a secundar a Azaña y a los socialistas, que querían dar a la mujer la posibilidad de votar.

En el mes de abril de 1933, y siguiendo la moda de aquellos días entre los progresistas, que veían en la Unión Soviética el espejo donde mirarse, Díaz Fernández firma un manifiesto a su favor, promovido por la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Entre otros nombres aparecen en el documento los de: Marañón, Pío Baroja, Benavente, Valle Inclán, M. Machado, l. Sánchez Covisa, N. Piñole..., aunque algunos retiraron luego su firma.

Paralelamente a su actividad política escribe en El Liberal, Nouvel Age, Le Monde, Euro pe..., y en 1935 publica Octubre rojo en Asturias, bajo el seudónimo de José Canelo
El golpe de estado revolucionario de 1934, contra el gobierno conservador de la República, que en Asturias alcanza la gravedad de una contienda civil, marca un punto de inflexión en la trayectoria política de Díaz Fernández.

La crítica de Díaz Fernández a los socialistas por haber provocado aquellos sucesos le lleva a acercarse a Azaña, a cuyo amparo funda el semanario Política. Más tarde, Albornoz, Domingo, Díaz Fernández y otros se unen a Azaña para crear Izquierda Republicana, con el fin de contar así, con un partido que les ofreciese un mayor respaldo popular, y dé soslayar de esta manera los inconvenientes de tener que gobernar en minoría.

Y así llegamos a las elecciones de febrero de 1936. Izquierda Republicana se presenta formando parte del bloque del Frente Popular, y Díaz Fernández sale elegido Diputado en el distrito de Murcia, por 38.680 votos, de los 70.381 emitidos, constando en el acta algunas reclamaciones.

Díaz Fernández vuelve a ocupar, entonces, el puesto de Secretario Político de Instrucción Pública, siendo otra vez ministro J M. Domingo, y luego F. Barnés, hasta la llegada de los gobiernos socialistas, en septiembre del mismo 1936.

En los meses posteriores a febrero de 1936, la actuación de la derecha extraparlamentaria y la izquierda revolucionaria traen consigo que la República se vea desbordada por ambos extremos. Ya en plena guerra civil, Díaz Fernández desempeña diversos cargos en el departamento de propaganda del Ministerio de Estado.

A punto de finalizar la contienda, vuelve a encontrarse cerca de Manuel Azaña, durante la estancia del Presidente de la República en Cataluña, donde se ocupa de cuestiones de prensa; ante la debacle final marcha a Francia y es internado en un campo de concentración, mientras su mujer y su hija se refugian en Perpiñán.

Puesto en libertad, el calvario, no obstante, continúa. La familia se traslada, entonces, a París, luego a Toulouse y de regreso a París. Cuando estalla la II Guerra Mundial vuelven a Toulouse, para, al poco tiempo, ser residenciados en Le Mans; huyen después a Nantes. Prisioneros de los alemanes, Díaz Fernández ve como, mientras otros compañeros son enviados a España, donde muchos son fusilados, él puede marchar a Toulouse, situado en la llamada "zona libre". Muere en la miseria, el 18 de febrero de 1941, cuando esperaba poder trasladarse a América.

Azaña no menciona a Díaz Fernández en sus Memorias, por otra parte una magnífica pieza histórica y literaria, aunque casi es preferible, pues a Domingo, albornoz y a otros muchos les aplica duros calificativos, librándose sólo de sus acervas críticas Rivas Cherif y Casares Quiroga.

La temprana muerte de Díaz Fernández cortó en flor su labor literaria, prevaleciendo sus trabajos periodísticos al servicio de su ideología, lo que pronto llevó al escritor y al político al olvido.

Por otra parte, el compromiso político de los demás integrantes del "nuevo romanticismo literario" y la guerra civil, resuelta en términos de dictadura personal derechista, aventó a sus seguidores.

Su antiguo protector y amigo, A. L. Oliveros, director de El Noroeste, recuerda poco gratamente en sus memorias a Díaz Fernández, como un joven ambicioso que no reparaba en obstáculos para conseguir sus fines. En reciente conversación del autor de estas líneas con Francisco Ayala, su compañero de letras en aquellos tiempos, me manifestó, entre otras cosas, que, llegado el momento, él había preferido seguir la línea de la literatura de vanguardia, de carácter esteticista, mientras Díaz Fernández escogió el periodismo militante; pero, aunque sus caminos se habían separado, recordaba a Pepillo porque, sobre todo, era una buena persona.

Miguel Angel Serrano Monteavaro.
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